Seúl de noche - Corea del Sur/ Imagen #07
Proyecto fotográfico '¿Quién dejó las malditas luces encendidas?'
Jose Miguel Farietta Robles
Aún viendo esta relación directa, la arquitectura persiste la idea de que la ciudad y la naturaleza son fuerzas opuestas, como si construir fuera un acto de resistencia ante lo orgánico. Creando construcciones rígidas, buscando limitar esta conexión con la naturaleza. someterlo a una voluntad que parece olvidar que también nosotros somos parte del mismo sistema natural. Pero esta imagen, tomada desde la distancia, contradice esa percepción: en ella no hay fronteras claras entre lo artificial y lo biológico. La trama urbana crece como lo haría una colonia de células, expandiéndose en patrones que parecen espontáneos, respondiendo a necesidades invisibles pero vitales.
Las líneas de luz se extienden como lo haría el sistema nervioso, adaptándose al terreno, buscando conexiones que no son tan distintas a las que sostienen la vida en su nivel más microscópico. Los ríos y las calles toman una misma lógica en cuanto al movimiento y fluidez, y las construcciones como edificios, se agrupan en barrios que crean núcleos de actividad. La ciudad respira, muta, se regenera con cada nuevo trazo que se incorpora a su estructura. Nos gusta pensar que diseñamos estos espacios, que los controlamos, pero al observarlos desde esta perspectiva, queda claro que también tienen su propia autonomía, que crecen y evolucionan de maneras que trascienden más allá de lo que se planea en la teoría.
Lo que esta imagen pone en evidencia es que nunca dejamos de ser naturaleza, aunque intentemos negarlo. La luces de esta ciudad solo muestran como en lo que hacemos siempre existirá un reflejo de nuestra esencia biológica, de lo que nos conecta con la vida en su forma más pura. La ciudad, con toda su aparente artificialidad, no es más que una extensión de nuestro propio organismo, una célula en expansión dentro de un ecosistema más grande.

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